RETORNO


Y ahí estaba ella, una niña demasiado hermosa para ser real. Sus cachetes rojos recostados a la parte trasera del asiento del conductor adornaban sin precedentes el ambiente tenso y aburrido del interior del vehículo.

Irían ya cerca de cuatro horas de aquel viaje indeseable por muchos pero que se convertía en el pago a la dicha de pocos en tierras cálidas a nivel del mar, cuando aquella obra de arte colmada de ternura hecha niña se quedó viéndome directo a los ojos con un alto grado de curiosidad y sin más, en cuestión de segundos esbozo la que sería la sonrisa más hermosa que mis ojos han visto en cerca de 28 vueltas al sol.  

Y es que es increíble ver como la inocencia infantil puede cautivar corazones extraños y muchas veces esquivos a la más mínima expresión de sinceridad e inocencia. Corazones que van y vienen sin más, que recorren las calles de arriba abajo sin ver más que la punta de sus zapatos con el objeto de no tropezar, pero que al mismo tiempo se pierden del espectacular mundo alrededor, un mundo lleno de caos pero que también tiene lo suyo y que sabe seducir.

Fue entonces cuando dejé de divagar y me percaté de que los minutos seguían transcurriendo, y de que al mismo tiempo, peatones a lo largo de la vía estirando su mano en busca de un bus que los llevará a su destino, componían una sinfonía de caras largas perdiendo la esperanza de poder treparse o tan siquiera amontonarse en cualquier medio de transporte antes de cualquier indicio de un anochecer en ascuas.

Acto seguido, una parada más, un afortunado más tendría la dicha de ser recogido; acontecimiento que no tendría estilo alguno sin la previa osca solicitud del ayudante del conductor quien con su voz grave y seca y en tono fuerte se dirigía a los pasajeros del medio para que por favor avanzaran un pasito al fondo, mientras que en contraposición ellos le decía que ya no se podía andar más hacia el fondo y que lo mejor era que apresuraran el paso.

El sol empezaba a ocultarse de manera tranquila y vacía, las montañas lucían hermosas y el frío se colaba por la escotilla ubicada en el techo del vehículo. El viaje se tornaba eterno, las sillas ya cobraban arriendo a los traseros de grandes y chicos; quien no sabía de claustrofobia, ya la empezaba a experimentar, el desespero acechaba y muchos de los involucrados ya maldecían de manera progresiva y mental al desastroso tráfico.

La chica sentada en las escalas no tuvo más remedio que entablar una conversación intermitente con el hombre propietario de la voz grave. Lugar de destino, ocupación y cosas de ese tipo fueron los temas intervenidos por ellos en la mutualidad del acontecimiento.

Por otro lado, a mi izquierda la chica de la argolla de plata adornando sus fosas nasales se aprovechaba de la ventana para hacer de ella la almohada más incómoda del mundo; igual cuando el cansancio ataca, las soluciones no suelen ser tan ortodoxas.

De un momento a otro mis zancas no soportaron más y empezaron a pedir a gritos aire fresco y algo de movimiento, pero en ese tipo de circunstancias era casi que imposible concederles dicha libertad. Así las cosas no hubo más remedio que hacer de tripas corazón y dialogar seriamente con la mente para que pudiera ella colaborar con el acto de contención y resistencia. Charla que no fue para nada fácil ya que ella misma llevaba cerca ya de seis horas reprochándome por haber viajado de esa forma sabiendo las consecuencias y más cuando dejaba atrás en casa, el mejor medio de transporte, mi caballito de aluminio.

De repente y tras superar un par de curvas en descenso y un repecho corto, luces intermitentes brindaban al fin una luz de esperanza a cada una de las almas agolpadas a lo largo y ancho de las cuatro ruedas. Solo restaba traspasar el tan anhelado peaje en medio de la noche y la penumbra, cubrirse la nariz un kilómetro más adelante y llenarse de paciencia para lo que sería la última hora de viaje antes de adentrarse en las entrañas del articulado color escarlata, símbolo inequívoco y particular del caos y del retorno a la gran ciudad.

Leo RaGo.
    
  

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