LA MARCHA FINAL

Implacable e injusto tal vez, ese es el mundo que nos a tocado vivir y en ocasiones sufrir o padecer. La mayoría de nosotros terminaremos metros bajo tierra dentro de un cajón hecho de madera de gama alta o media, acolchado y bien pintado. Y cómo en la mayor parte de los casos pasaremos de ser villanos a ser unos verdaderos héroes, porque como dicen las buenas lenguas; «no hay muerto malo» o por lo menos eso pasa en el país del sagrado corazón. 

Y es entonces, al ver cómo se agolpan masas innumerables de personas sin importar su orden en la escala de jerarquía o la marca de su camisa de luto, cuando te das cuenta de que la muerte tiene una capacidad irrefutable para unir. 

Lágrimas corren por los pómulos calurosos de familiares y amigos, de grandes y chicos, incluso de curiosos que asisten al acto. Porque como el bostezo, la lágrima se te pega de repente. 

Las palabras de agradecimiento a quien abandona el plano terrestre abundan, las de aliento para quien lo ama y lo ve partir brillan por su ausencia, pues en este caso el silencio profundo y un abrazo visceral terminarán por ser la mejor opción.

Coronas hacinadas por flores de mil colores terminan por sobrepoblar el lugar, pero, ¿Flores para qué? Cuándo el difunto no puede apreciar su belleza ni disfrutar de su aroma. 

La marcha final emprenderá camino, la sirena del coche fúnebre llenará cada rincón de un pueblo inquietado por la curiosidad y absorbido por el silencio. 

Al final, se abrirán las puertas de aquel lugar donde el último adiós se dará, y la sinfonía compuesta por un llanto incesante y por puñados de tierra impactando el barniz de aquel cajón resonará en los tímpanos de cada uno de los asistentes y retumbará por siempre en el alma de aquellos que siempre le llevarán en el fondo del corazón.

Leo RaGo

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