LA RUSA I

12 del mediodía, hora tradición para ir a almorzar y más aún para aquellos inagotables que conforman el gremio de la construcción, los populares “rusos”.  

La gran mayoría, de encontrarse cerca de casa dejan de lado la pala, la mezcla, los ladrillos, la plomada y el negro de una obra surgiendo del suelo o el gris de una que ya empieza a tener cara; entonces toman sus bicicletas o motos para desplazarse a casa o de ser foráneo, al restaurante más cercano para degustar quizá un plato con sabor a gloria criolla, a tradición, a hogar.  

Por otro lado, y quizá una no tan pequeña minoría buscan la comodidad de un bulto de cemento, un par de bloques o la raíz y sombra de un árbol, allí, sacan de sus mochilas la famosa coca que de seguro contiene su almuerzo, esos que se preparan con mucho amor por una madre que no se rinde, una esposa luchadora o por ellos mismos en la soledad de la madrugada, en medio de la incertidumbre de lo que traerá el nuevo día.  
Bocado a bocado sus apetitos voraces van siendo tranquilizados, sus manos rusticas y llenas de cayos como piedras sostienen la cuchara con un ímpetu inquebrantable y la ausencia de etiqueta en el lugar de seguro reina por estar ausente.  

Acto seguido, llega el momento en el que los hilos del sueño empiezan a tejer sus redes en el cuerpo de aquellos que después de 5 arduas horas de trabajo han podido echarle “papita” a sus estómagos, entonces cada fibra de cada cuerpo pide a gritos una siesta. Así las cosas, se deja de lado el “porta” ya vacío o contenido tal vez con los huesos aquel inocente animal que formó parte del menú; y ahora es cuando el cuerpo busca el lugar más cómodo posible para llevar a cabo así sea por pocos minutos una pequeña visita de relajación al viejo Morfeo.  

Adicionalmente y no menos importante cabe aclarar que en algunos lugares del bello Macondo sobreviven aún los “picaditos de micro” para darle una manito a la digestión y un respiro al alma.   

Finalmente, los sagrados 30 o 15 minutos de siesta van llegando a su fin. La automaticidad del cuerpo inicia el proceso para regresar a la realidad, los brazos se estiran al máximo para echar de lado a la bendita pereza, de un lado al otro el individuo realiza pequeños movimientos de activación, la camiseta que sirvió de oscuridad cubriendo el rostro sale volando y de un solo impulso para sentarse se da por terminada la dichosa siestecita. 

Minutos después la voz del locutor retoma su lugar en el radio, el crujir del metal que compone la pala retumba en los rincones de la construcción al rozar el suelo, la sinfonía del palustre acomodando los bloques sobre la mezcla y el traqueteo de maseta y puntero al unísono retoman labores impulsados por el espíritu de guerreros que no se rinden ante ninguna condición y que de manera humilde le ponen el alma a una labor que por pasión o porque no hubo otra opción la llevan a cabo día tras día, al sol y al agua de 7 a 5. 

Leo RaGo

Comentarios