AMOR A PRIMERA BIELA
Primero de agosto del 98, un par de semanas después del campeonato mundial de fútbol que tuvo lugar en el país del croissant, el baguette y el idioma del amor. El pequeño celebraba entonces su vuelta al mundo número 7 y su primera en tierra caliente, en un mundo para él, aunque libre, muy diferente.
Esa mañana, cómo era ya habitual, mamá había abierto las puertas de la frutería y el piso del local lucía reluciente al igual que los cristalinos vidrios que yacían sobre las mesas; el colibrí daba su ronda mañanera por despensa dónde se almacenaba la miel y Pacho el gato del señor Clodomiro lamía su espalda como el excelente contorsionista que era.
Papá no estaba, muy a las 3am había salido camino a la ciudad de las acacias para comprar fruta fresca y demás insumos, pero ese día tenía en mente algo especial y no quería regresar a casa sin llevar consigo el mejor regalo de cumpleaños para su pequeño y consentido hijo, regalo que sin pensarlo cambiaría para siempre la vida de aquel niño.
El reloj marcaba algo más de las 10am cuando de repente a la entrada del lugar se parqueaba con cierta cautela el automóvil del señor de la avena cubana; está vez no llevaba la para entonces deliciosa bebida. Está vez traía como copiloto a papá, el en baúl las frutas y demás y en la pequeña parrilla anclada al techo del auto, una pequeña bici.
Marco color azul cielo, los aros de las llantas radiantes como plata y ausente de rueditas auxiliares era la bici más linda que el pequeño podía imaginarse tener. Fue entonces como con un fuerte abrazo y una sonrisa tímida agradecía a papá y mamá por tan especial regalo.
Finalizando los actos protocolarios de agradecimiento, no dudo un instante en querer montarse en su caballito de acero, así las cosas y sin experiencia previa se lanzó a la aventura de aprender a maniobrar el que se convertiría su vehículo favorito y sin más que la ayuda de papá sosteniendo la silla y concentrado en su objetivo dió sus primeros pedalazos en aquel corredor de amarillo ocre, nadie le podía borrar la felicidad de su rostro "timbico", así como nadie, después de 20 años le ha sacado del corazón y de la mente la locura por las bielas.
Leo RaGo...
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