Y HOY NO HUBO POESÍA, TAN SOLO AISLAMIENTO


El cielo si que se torna diferente por estos días. La verdad no se sabe si está feliz porque la mayoría de la población se encuentra aislada tras cuatro paredes o si él también se encuentra algo preocupado por lo que se nos avecina.

La arena de aquellas calles que carecen de asfalto sí que es abundante, diría que más que lo de costumbre. Los aros de la bici se hunden con facilidad y si te descuidas simple y llanamente te das tu buen “porrazo”.

En la memoria son pocos los lunes festivos en los que he transitado después de las 4 de la tarde por la vía principal que demarca la salida y la entrada del pueblo, esto debido a que la mayor parte de esas tardes o estaba durmiendo la leñera del entrenamiento en bici de la mañana o simplemente porque nunca me ha apetecido estar en la calle a esas horas. Hoy, sin tener recuerdos como referencia, el sentimiento ha sido aterrador, el pánico sí que ha cumplido con su labor; la maquina artesanal clasificadora de piedras blancas estaba fuera de funcionamiento, el azul cristalino de la piscina en el hotel de la esquina ya lucía color verde esmeralda, el olor a pan caliente en la tienda con techo de guadua brillaba por su ausencia, el tradicional desfile de automóviles en busca de la capital en medio del caos se reducía entonces a un par de motocicletas destartaladas circulando de arriba hacia abajo.

El supermercado de fachada naranja carecía esta vez de su tradicional reggaetón reproducido por el parlante a todo volumen. El señor de seguridad dedicado al chat en su teléfono ocultaba su mediana sonrisa bajo el negro ébano de su tapabocas. Los cinco clientes del lugar danzaban de mostrador en mostrador al ritmo del motor de los congeladores. Las líneas amarillas en el piso camino a la caja registradora delimitaban un metro de distancia, yo, “por si las moscas” me tome más de dos.

4:45 pm, última tanda de clientes para el supermercado de las 3 letras y de color azul pálido. En busca del mata-zancudos, llegaron los antojos de la popular bebida gaseosa con un toque de café; en los bolsillos el dinero suficiente para los bananos del día siguiente; abortaba entonces el antojo.

Fruver del vecino amigo de la familia, última parada. Su rostro atónito reflejaba su preocupación por el alza de los precios y por el inminente espaldarazo del gobierno a él y a los de su gremio. Preguntaba él sobre ¿Qué será de aquel peatón informal que sin un contrato firmado ganaba 30 mil pesitos al día y llegaba molido a casa con el diario pa´ comer? Pasaba entonces saliva y si, el alma se me encogía.

Fin de la expedición, toda la ropa quedó arrojada en un rincón del patio. La ley de la incertidumbre empieza a brindar respuestas. Al fin y al cabo haberle dicho al parcero que se volviera ermitaño, resulta por no ser una idea muy descabellada.  

Leo RaGo  

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