EL PORRAZO
Mamá
dijo bien clarito; “Sale de la escuela y se me va derechito pa´ la casa”
¿Adivinen quién no hizo caso? Pues sí, el muchachito ese desobediente e
intrépido, quien aprovechando que había salido un poco más temprano de clases y
de que podría aprovechar la oportunidad para cambiar la rutina, entonces, a sus
7 añitos, decidió un cambio de rumbo y quiso sorprender a mamá en la cálida
pero acogedora frutería.
Al
llegar al negocio, mamá hizo cara de pocos amigos, y una sonrisa nerviosa
asalto el rostro de su hijo; las abejas de seguro revoleteaban en la despensa
donde se encontraba el dulzor de la miel, mientras que sillas y mesas
aguardaban la llegada de los clientes para las horas de la noche.
10
minutos faltaban entonces para las 6 de la tarde y en ese momento ya cruzaba
por la puerta papá, dejando recostada su bicicleta a unos de los costados del
local; con su aspecto un tanto agotado, sus ojos vigorosos y su garganta
ansiosa por saciar su sed. El infaltable pico entre padre y madre no se hizo
esperar, mientras el niño disfrutaba de un delicioso vaso de salpicón heladito,
totalmente apropiado para el calor tan verraco que solía frecuentar al pueblo.
Papá
se conformó entonces con un vaso de agua fría y luego de saciar un tanto la
misma y de haberle contado a su amada algunos de los por menores del día
laboral, llamó a su hijo para notificarle que era momento de ir a casa. Así las
cosas, el chicuelo debió tomar su bolso, despedirse de mamá e ir a la puerta
para marcharse en compañía de su querido viejo.
Ya ubicados
afuera del local, y con la bici de papá como único medio de trasporte, su hijo
tuvo que cruzar los tirantes de su bolso en frente del pecho y sentarse sin más
en la delgada barra de la bicicleta. La punta del pie derecho del conductor se
despegó entonces del bordo del andén, mientras que su opuesto, el pie izquierdo
daba con más fuerza de la normal, el primer pedalazo, pedalazo que sí que dio
impulso a la puesta en marcha, tanto así que en cuestión de segundos ya se
encontraban en la esquina y dispuestos a girar a la derecha para descender y
así tomar un camino casi recto a casa.
Como
comprenderán, para la fecha eran pocas las calles pavimentadas en el pueblito,
y la que acababan de tomar, no era la excepción. La tierra amarilla y
polvorienta sobresalía como un tapete dorado, tapete adornado por piedras de
todos los tamaños, piedras que servían día a día de obstáculo para peatones y
conductores. Y fue entonces, en ese preciso tramo descendente que frente a la
mirada de peatones convertidos en curiosos; que de repente, papá e hijo
salieron expulsados por el aire y gracias a las leyes de la física terminaron
por ir directo al suelo. La razón, simple, los cordones sueltos de los tenis
del chico habían sin más, abrazado los radios y el aro delantero de la bici,
cosa que ocasionó una detención abrupta e inmediata de la rueda y pues nada, al
suelo fueron a dar, hijo primero y papá encima.
Todo
ocurrió en cuestión de segundos y ante los ojos del pequeño con rostro
ensangrentado todo pasaba en cámara lenta. Papá gritaba totalmente desesperado
en busca de ayuda, los espectadores parecían estatuas alrededor, mientras
sangre y tierra formaban una mascarilla irregular en las facciones de su hijo. Un
par de minutos después la ayuda no llegó, entonces no hubo más remedio que
tomar al chico en sus brazos sudorosos para llevarlo ante las puertas de la frutería
donde estaba mamá. Par de minutos después el nivel de desesperación aumento
sobremanera gracias a la madre, quien al ver la fuerte escena de papá e hijo
entrando por esa puerta, amenizó el lugar con gritos salidos del alma, gritos
que por fortuna llamaron la atención de uno de los vecinos, vecino que sin
dudarlo encendió su motocicleta y se ofreció para llevar a los dos implicados
en el accidente directamente al centro de salud.
Bastaron
tan solo 5 minutos para arribar al centro de salud. Allí, no faltaron tampoco
los curiosos con ansia de chisme. Papá se adentró sin más al interior del
lugar; para entonces la sangre ya cubría total la cara del chico y apenas
suspiros en medio de lágrimas salían expedidos de su ser. Afortunadamente,
aquel lugar se encontraba medio vacío y pues la atención fue rápida y oportuna.
En este caso, al igual que en muchos otros, la sangre constituyó una mera
exageración. La limpieza del rostro terminó por retirar los rastros de piel que
yacían en él; fue así como una máscara de hielo fue la encargada de finalizar
el proceso y también la provocadora de un grito impactante del aporreado que se
encontraba en la camilla.
Finalmente
y después de un par horas de incertidumbre los viejos recuperaron la calma. Para
entonces, no había más opción que armarse de paciencia para que la recuperación
de su hijo consentido fuera rápida y en el mejor de los casos, no dejara ninguna
cicatriz. Y es así, como hasta
el sol de hoy parece que quizá las suplicas de papá y mamá para con su dios
surgieron efecto, debido a que apenas una mínima marca en la punta de la nariz
del chico ya hecho hombre, ha quedado para recordar la anécdota de un verdadero
e inolvidable porrazo.
Leo
RaGo.
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