LA TRAGA MALUCA


Y me pregunto sí por mera casualidad me echará de menos tanto como yo a ella.

 Sus inclinadas pero magnificas y sensuales curvas, el silencio y la soledad acogedoras que gobiernan sus alrededores, el azul clarito que se filtra por cada centímetro de su ser, el verde reluciente y apacible que brota desde sus entrañas, los rayos de sol que le bañan en el día y la luz tenue y protectora de la bella Chía, quien nunca falla al anochecer.

Y es que a decir verdad, y pensándolo a profundidad, ella ha sido la única que ha podido vislumbrar cada una de mis facetas de manera que ningún otro ser ha podido.

Sonrisas inagotables en medio de frío, del calor y del sudor a causa de una alegría incontenible, lágrimas aniquilantes a causa del dolor o de un amor que se fue, decepción por no poder ir a tope o por el simple hecho de haber dicho o hecho lo indebido. Miedo devastador ante la posibilidad de rendirme, o locura en esos días en los que crees tener el cuerpo y la mente de un súper héroe que simplemente quiere devorarse al mundo entero. De todo esto y de quizá algo más que puedo en el momento puedo omitir, ha sido testigo ella.

Ella, quien ha sabido curarme y acompañarme en silencio en medio de las “duras”, también ha sido la mejor compañía para celebrar y a dar gracias por las “maduras”.

Ella, quien ha sabido callar para acompañarme metro a metro, también ha sabido susurrarme al oído que rendirse no es opcional, que el dolor es momentáneo, pero que el éxito, la satisfacción y la gloria siempre terminarán por ser eternos.

Ella es quien ha sabido robarme entero no solo el corazón, sino también el alma; y día tras día se ha convertido en la mejor compañía que el universo me ha podido regalar.

Es entonces, por estos días en los que no podemos compartir, en los que sin saber mucho de ella, aparte de que se encuentra tranquila ante la ausencia de muchos; que puedo decir que lo mío con ella es una total e irreversible traga maluca, de esas tragas que no se curan, de esas que se llevan por siempre, de esas que te reconfortan cuando la tienes cerca, pero que te apachurran el alma cuando no le puedes ver.

Así las cosas, no queda más remedio que armarse de paciencia, admirarle desde lo más alto de casa, enviarle saludos con el viento y seguir haciendo hasta lo imposible porque nunca se mueva de allí, hasta que llegue ese día en el que sin importar la faceta, el día, ni la hora, nos volvamos a encontrar.

Leo RaGo.

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