¿LARGA VIDA AL PATACÓN?
Díganme
pues, ¿Quién no ha caído rendido bajo los irresistibles efectos de un delicioso
patacón? Que importa sí este ha sido preparado con plátano verde, pintón o
maduro; o si por ahí se nos cuela un par de patacones hechos del famoso
cachaco; ese ignorado por muchos, pero bien disfrutado y valorado por aquellos
que han tenido la verdadera fortuna de saborearlo.
Y es
que si le echamos cacumen al asunto, el patacón debería estar codeándose junto
con el café, la empanada, el calentao´, la bandeja paisa, el huevo con arroz,
la lechona, el agua de panela y una lista quizá innumerable, como uno de los
platos insignia de nuestro bello Macondo. ¿No lo creen?
Piénsatelo
bien, porque los podés encontrar casi
que en cualquier lugar y/o cocina. Al desayuno, en el almuerzo, como pasabocas
o la hora de cenar. Gigantes y esbeltos en Salento como acompañamiento de las
famosas truchas de aquel paraiso, tostaditos, robusticos y no tan grandes al
lado de uno de esos caldos “levanta muertos” preparados por mamá o en la plaza
de mercado; con queso o con hogao´ en una tarde de esas en la que compartes
tiempo de calidad en familia o con amigos, empacado casi que al vacío y colgando
en las estanterías del supermercado; o simplemente en los tamaños que al chef
de turno se le vengan en gana y acompañados de casi que cualquier ingrediente. De
manera que si lo pensamos mejor, esta exquisitez de nuestra comida criolla no
cae mal en ningún momento y casi que no desentona en ningún lugar, puesto que sus
tamaños, figura y manera de cocción los hace completamente versátiles y los
convierten en algo capaz de seducir hasta al más quejambroso y “chocho” de los
paladares.
Por otro
lado, y no menos importante podríamos traer a colación el hecho de que el
patacón ha sido participe importante en la composición de canciones icono de
nuestro folclor, canciones que tal vez “prenden hasta un velorio” y que sin
lugar a dudas han sido cantadas y tarareadas por grandes y chicos generación
tras generación dándole al famoso patacón pisao´ un lugar inamovible en la
idiosincrasia de un pueblo rico en cultura e inagotable en tradición.
En definitiva,
podríamos llegar a la precoz conclusión de que sin importar si nos cruje la
muela al darle su buen mordisco o si los labios nos quedan con labial incluido después
de degustarlo; es el patacón una cosa de locos, algo que sin lugar a dudas
vivirá y perdurará de forma vitalicia en los libros de la gastronomía tricolor,
en las recetas eternas grabadas en la retina de la abuela y en la de mamá
también, y obviamente en los paladares de grandes y pequeños, de ricos y
humildes, de propios del lugar y hasta en el de aquellos que vinieron de paso,
que quisieron quedarse, pero que tuvieron sin más remedio, que marcharse para quizá
algún día poder regresar.
Leo
RaGo
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